Carpa Aurora, seis de la mañana. La jaula de la tigresa vieja apareció abierta de par en par, con el candado en el suelo, sin forzar y sin llave rota dentro. El animal estaba dormido a diez metros, en el descampado, y no le pasó nada a nadie — pero pudo pasarle a cualquiera. El candado lo abren tres llaves y las tres estaban donde debían.
Quien miente, miente en todo lo que dice.