Expreso de medianoche, parada técnica de veinte minutos en un apeadero sin nombre. El maletín del correo diplomático viajaba encadenado a la pata de la mesa cuatro del vagón restaurante, a la vista de todo el que pasara. Cuando el tren volvió a arrancar, la cadena seguía cerrada y el maletín seguía allí: idéntico, del mismo cuero, y con los papeles de otra persona dentro. En veinte minutos alguien lo cambió por su gemelo.
Quien miente, miente en todo lo que dice.